Colinas esculpidas por el trabajo del hombre, a lo largo de los siglos, para transformar lo que se llama comúnmente viticultura, en un conjunto de antiguas tradiciones que siguen prosperando allí donde el sol calienta los ligeros declives entre Conegliano, la ciudad de las instituciones del vino, y Valdobbiadene, el corazón pulsante de la producción. Aquí el Prosecco reina desde hace más de dos siglos, en cadenas montuosas que desde la llanura continúan hasta los Prealpes. La vid crece en una altitud sobre el nivel del mar que oscila entre 50 y 500 metros, lugar escogido donde esta variedad histórica, rústica y vigorosa, se manifiesta con pámpanos color avellana, y racimos más bien grandes y largos, con granos de un amarillo dorado intenso, entremezclados con el verde brillante de las grandes hojas. Pero estas tierras saben ofrecer mucho más. A la mirada del observador, todo parece fascinante, rico en sugestiones y recuerdos indelebles de historia y arte, sorpresas y propuestas a menudo inesperadas, custodiadas en los valles o entre los numerosos pueblos diseminados por doquier, donde es un placer extraviarse, buscando las huellas milenarias de la presencia del hombre y de la cultura arraigada de sus gentes.